Hasta llegar aquí

A ti que hoy, navegando en  un mar de lágrimas, navegando en internet, me has encontrado.

Buscando un puerto amigo en el que refugiarte mientras atraviesas la peor de las tormentas, el peor de los tormentos, me has hallado.

Avanzando a tientas entre la espesa niebla, te has topado conmigo.

Y te duele tanto el alma y la vida que te sientes más próxima a la muerte que a esta orilla desde donde hoy puedo escribirte.

Me lees y te transmito esperanza. Me preguntas cómo se sobrevive a esto, cómo puedo haber recuperado la ilusión por vivir, cómo volver a ser feliz.

Me escribes y me pides que te guíe, que te ayude y acompañe, que te diga cómo lo hice yo.

¿Qué puedo responderte, compañera de duelo, hermana de ausencia, comadre de presencia?

Cada una tenemos un camino y una forma única de transitarlo. De nada te servirá lo que yo te diga.  Sólo tú podrás conocerlo, conectar con tu sabiduría dormida y dar un pasito cada día. No te engañaré, a veces serán pasos hacia delante y otras te harán retroceder.

El duelo es un laberinto, con Minotauro también. Quién sabe qué sacrificios te pedirá para que lo alimentes y lo aplaques.

Pero todo laberinto tiene un centro y sólo desde él, encontrarás la salida. No está permitido tomar atajos. No intentes salir sin haber llegado al centro mismo del dolor. Creo que sólo así puede transcenderse.

Y sin embargo, no todo el que se adentra en este dédalo, puede recorrerlo de esta forma. ¿Y si el miedo es tan fuerte que quieres huir aprisa sin haber pasado la prueba? , ¿Y si el dolor es tan intenso que necesitas evadirte y anestesiarte?, ¿Seré yo quien te diga que no lo hagas?

Nunca.

Somos humanos, tejidos de carne y sueños. No soy quien para dar consejos ni venderlos.

Tú sabes lo que necesitas y cuando. No hay fórmulas mágicas, aunque no hay nada más mágico que sanar un duelo. Puedo escucharte y acompañarte, despacio, de igual a igual. Sólo soy una madre más, deshojada, deshijada, destrozada.

Marchita hasta la muerte, milagrosamente el amor me hizo reverdecer y parí una flor hermosa como el arcoíris, tan bella como el lucero que la precedió.

No ha sido fácil.

Hasta llegar aquí me he perdido mil veces enredada en el laberinto, adherida a sus paredes de telaraña, he salido dejando partes de mí atrás. Como aquel escalador que tuvo que amputar su propio brazo para salvar la vida.

Hasta llegar aquí he recorrido el camino que tú comienzas ahora y del que te imposible ver el final `porque no existe aún, vas  a tener que crearlo. Un trocito de él cada día.

Alguno de esos días, con respirar ya tendrás bastante.

Hasta llegar aquí, cuando no escribía, ni compartía, cuando no me había abierto al mundo, lloraba las mismas lágrimas de sangre, rabia e injusticia que tú.

Esa parte del camino no está en el blog, porque éste lo empecé a escribir a punto de cumplirse el primer aniversario de Olivia. Ese fragmento de la historia está recogido en mis diarios personales, que fueron mi salvavidas y son un documento de incalculable valor, que  algún día espero ver publicado en forma de libro. Porque habla de lo que nadie habla, porque expresa la crudeza del duelo que ahora experimentas tú. Porque a veces tomar  un libro en tus manos  es  agarrarse a una tabla de salvación.

Hasta llegar aquí hay tanto que no se ha dicho, tanto que no se ha plasmado, tanto sufrimiento inenarrable…

Tú me preguntas cómo seguir. Y yo me preguntaba exactamente lo mismo.

Hasta llegar aquí, he sido tú.

Soy tú.

Y por eso, NO ESTÁS SOLA.

 

 

 

2 comentarios

  1. Hola de nuevo Alicia. Tras comentar tu última entrada pensando que era la última, me encuentro de nuevo con tus palabras, y te escribo nuevamente, llorando, porque me reconozco una vez más, después de tanto tiempo sola y perdida. Y veo esa foto del laberinto que acompaña tus palabras, como una imagen certera de lo que hemos pasado. Quería contribuir a tu mensaje de esperanza, compartiendo un trocito de mi historia: Hace año y medio perdí a mi primera hija, Alba, y tras cruzar ese laberinto y vencer al minotauro, decidí vivir el presente del que nos hablabas antes, y me mudé a la ciudad en la que quería vivir, me compré la casa de mis sueños y me casé con el padre de mi hija, para por fin ser sobre el papel la familia que ya éramos hace tiempo. Pero el presente también traía dolor y pérdidas, nuevamente, y tras intentar volver a ser padres, el sueño sólo duró 7 semanas.
    Sin embargo, pese al dolor, la incertidumbre no ha vuelto a nuestras vidas, y sé que el laberinto está para siempre en el pasado, hemos alcanzado la otra orilla y no pensamos volver a ella. El viaje que hicimos para atravesar el dolor por la pérdida de nuestra hija, nos ha enseñado a aceptar todo lo que venga, sin resistencias, y a soltar lo que no puede ser, sin reproches.
    Por eso, quería compartir que lo que Alicia transmite con sus bonitas palabras, es algo mas que palabras, es una certeza. El viaje es durísimo, y tan complicado como nunca llegaste a imaginar, plagado de obstáculos, pero si te atreves a transitarlo nunca te arrepentirás.

    1. María, tú sí que me haces llorar de emoción y agradecimiento, por comentar con tanto cariño y por compartir vuestra historia de amor, resiliencia y crecimiento tan esperanzadora. Siento tanto que Alba no pudiera quedarse con vosotros físicamente, siento mucho que el nuevo bebé también regresase a la luz, pero como bien dices, nunca se han ido. Un hijo es hijo para siempre, la muerte no arrebata la maternidad ni el amor. Y en ese camino que recorremos a tientas, vamos encontrando manos que nos guían o al menos nos acompañan, tejiendo entre todas una red que nos sostenga para no caer al abismo. Gracias por transitar esta senda conmigo. Un abrazo alado y no te olvides de mirar a las estrellas

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