Lo feo del duelo y de la vida

En el duelo hay desgarro, hay sufrimiento, hay rabia, hay culpa, hay rencor, hay envidia, hay rendición, desidia, abandono, egoísmo  y otros malos sentimientos a los que el doliente se enfrenta y de los que prefiere no hablar porque ahora todos tenemos que ser resilientes y fuertes, extraer enseñanzas de nuestras desgracias y compartirlas con una sonrisa en una red social.

Atravesamos tiempos absurdos en los que ni a los enfermos terminales de cáncer se les permite morir maldiciendo su suerte sino que parece exigírseles una entereza heroica.

No sé en qué momento hemos llegado a esta locura, a esta falta de sabiduría, a este desconocimiento del alma humana. Quizá fue cuando se dejó de leer a los clásicos, obras inmortales de la literatura que expresan su carácter universal, lo que nunca pasa de moda porque la esencia misma del hombre desde que nacimos como especie hasta la actualidad no ha mutado.

Muchas mamás que han solicitado mi acompañamiento o simplemente lectoras que  dejan un comentario o me envían un mensaje, coinciden en que esta es una página que les ayuda a afrontar el duelo con esperanza. Me felicitan porque he sido capaz de sublimar el amor por encima del dolor y hablar de ese renacer que significa el duelo.

Pero esta página es un rincón para la expresión sincera de lo que vivimos  en el duelo y no todo es hermoso precisamente. Mi intención al crear este blog era reconfortar y calentar un poco el alma de cualquier mamá (o papá y otros familiares) que estuviesen atravesando esta dura realidad. Poco consuelo puedo ofrecer si niego la parte “fea” del duelo, si la oculto, si hago parecer que no tiene cabida.

Cuanto más las escondamos, más crecen las sombras monstruosas y sin embargo qué chicas se quedan frente al haz de luz de la consciencia. Qué alivio siente el alma del doliente cuando al fin se atreve a confesar sus “malos sentimientos” al receptor adecuado y éste le hace saber que lo siente es normal, lógico y lícito.

Tenemos derecho a la rabia, a la tristeza, a la culpa, tenemos derecho a no querer salir de la cama, a no querer ver embarazadas ni bebés, a apartar de nuestro lado a la gente que no estuvo a la altura, que no quiso validar la existencia de nuestro hijo, tenemos derecho a no querer aprender esa lección que la vida nos traía con esta experiencia, tenemos derecho a tener miedo a volver a ser madres, tenemos derecho a SENTIR el duelo por entero, no solo lo que quede bonito en un cartel de red social.

¿Quién se atreve a juzgar?

Los cumpleaños de Olivia me suelen traer mucha paz precedida eso sí, de una tormenta intensa y dolorosa. Pero esta vez no lo he vivido de este modo, no por el aniversario en sí, sino por otras circunstancias de la vida. Las personas no siempre estamos radiantes y no tenemos porqué fingir estarlo. El colmo de esta sociedad hipócrita es hacer sentirse culpable al que sufre porque “alguna negatividad estará generando que atrae a su vida el sufrimiento” y hay quien incluso, por ignorancia, saca a relucir el Karma malentendido.

La muerte del hijo a veces duele como el primer día, aún pasados cuatro años. Y a veces duele la propia vida por otros motivos ajenos al duelo pero que se entralazan con él.

Lo malo y bueno a la vez del duelo, es que tiene tanta carga emocional, que no te deja guardar las cosas bajo la alfombra y te obliga a mirarlas de frente aunque no quieras.

Antes de la muerte del hijo podías pasar más de puntillas por lo espinoso de la vida, pero una vez conocido el duelo es fácil clavarse los alfileres cuando uno de desconecta de ese halo de amor inmenso con el que nos envuelven nuestros hijos. Y de nuevo puede surgir la culpabilidad, por no honrarles siempre como se merecen, con palabras bellas y gestos puros.

Esta vez encuentro el valor para mostrar este aspecto más crudo del duelo y de la vida, cuando la gente se quiebra y llora, rabia y pena, cuando maldice, cuando se enquista. Y entiendo que es bueno dejarlo estar. Dejarlo ser. Estar con la emoción, por desagradable que sea. Y no luchar a brazo partido contra ella.

Una desventaja del duelo  es que puede generarnos una gran autoexigencia frente a los demás sufrimientos de la vida. Yo cometí el error de no dejarme vivir otros duelos/pérdidas de mi existencia cotidiana después de Olivia.  ¿Cómo yo que había vuelto a vivir después de una tragedia semejante me iba a dejar hundir por otras cosas nimias? Y estaba en continua resistencia y no aceptaba que sencillamente soy humana. Esto genera mucho sufrimiento inútil. Comparaba los nuevos dolores de la vida (frustraciones, estrés laboral, echar de menos España, preocupaciones y cansancio en la crianza) con el inmenso dolor de la muerte de Olivia y entonces no me sentía legitimada para tener ningún otro dolor.

Qué error.

La muerte duele.

La vida a veces también.

Y otras es sencillamente maravillosa.

 

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