Lo que nos sostiene

Cheli Blasco vuelve a El planeta de Olivia y Violeta, donde hace un tiempo ya nos visitó. Os dejo con su maravilloso, inspirado e inspirador artículo sobre una maternidad real y conectada.

Lo que nos sostiene, por Cheli Blasco

Creo que el secreto de una maternidad gozosa está en compartir la locura, la exigencia inimaginable y el amor que días y años después nos sigue exaltando.

La maternidad lo cambia todo, dicen. Cambia todo y nos cambia a nosotras. No sólo cambia nuestro mundo, cambia quién somos desde lo más dentro e íntimo, hasta la forma de medir el tiempo y sentir el sol, pasando por cada capa y etapa de nuestro ser.

Ante un cambio en la presión de la cabina, les pongo las mascarillas primero a mis hijos. Obvio. No sé ni para qué tanto video explicando que primero el adulto y luego asistir a los críos. La mascarilla primero a ellos. No se preocupen, no voy a desvanecer por falta de oxígeno, que soy madre. Respiro diferente, aguanto más, estiro el tiempo. Porque mis niños primero. Y con el suspiro que quede, la mía, que me necesitan. Soy madre, soy una función. Soy la que cuida, la que sana, la que cambia el color del mundo para que se sientan seguros. Mi hijo pequeño sigue creyendo que un chorrito de leche cura casi todas las heridas. Lo dejará de creer con el tiempo, buscará en su vida otras formas de sanarse y sanar lejos de mi cuerpo. Pero por ahora, soy su todo. Su ventana al mundo, la que atina las palabras que balbucea, la que besa mientras se duerme.

Mis hijos mayores ya saben que las heridas se lavan con agua y jabón, ya saben dónde se guardan las tiritas. Por las mañanas, al despertar, me sorprendo de lo altos que están. De los hijos mayores y hermosos que tengo a mi lado. Y agradezco maravillada ser la madre de estos pequeños hombres. Disfruto de verles crecer libres y seguros de sí mismos. Es un privilegio ver crecer a mis hijos.

Estoy recién empezando a entender que ser madre cambia. La entrega absoluta de los primeros años, la atención constante y cuidada de cuando van encontrando su libertad, todo dejará espacio, algún día, para sentarme con mi compañero a ver el atardecer con una copa de vino blanco. Algún día llamarán para contarme en vez de preguntarme primero. Entre tanto habré ido aprendiendo a ser mamá con más espacio, habré ido disfrutando del tiempo para mí, para mis proyectos y mis aventuras, para tiempo sin prisas con mi amado, para sexo sin shhh y ¿seguro que has trabado? Las comidas de 6 horas con amigas dejarán de ser tiempo robado y serán, simplemente, tiempo nuestro.

Quizás ser madre es adaptarnos a lo que hay, lo que piden, lo que exigen a gritos porque es el aire que necesitan. Encajar en sus neceidades nuestro amor, dedicación y un poquito de espacio para nosotras mismas. Adaptarnos a ellos, a sus necesidades vitales, urgentes, porque lo necesitan para crecer, para desarrollar quienes son, seguros y libres.

Los hijos no son coherentes. Piden y piden más, hablan en abrazos, en besos fuertes y sueño profundo. Piden en llantos y agradecen siendo ellos mismos.

Querríamos tanto ser madres perfectas. Ser la madre que se merecen. No llego a ser la madre que quiero ser, pero soy la que soy. Con mi honestidad, mis grandes fallos y mi constante revisión. Ser una persona en constante proceso de mejora es uno de los grandes regalos que les puedo dar a mis hijos. Espero que el día de mañana puedan decir, mi vieja siempre estuvo un poco crazy, pero se rompía el culo tratando de ser buena madre, y siempre nos quiso más que nada en el mundo.

Esta es mi familia, donde entrego todo, de donde cojo fuerzas y con quienes aprendo a volar. Mi felicidad, mi locura y mi centro.

Lo que me sostiene son mis comadres. Sola, esta entrega bestial, esta demanda insólita de mi tiempo y mi pensamiento y mi día a día me dejaría abrazándome las rodillas en un rincón tarareando incoherencias.

Mis comadres son las que entienden estas polaridades. La maternidad es una exigencia tan grande de entrega que se lleva tanto mejor en círculo. Juntas, donde nos sentimos oídas. Y quizás hasta más que oídas, comprendidas. Aún cuando lo que compartimos es tan íntimo y personal, sabemos de los suspiros, las lágrimas de desesperación y cansancio. Escuchamos mientras damos teta y mediamos peleas. En el comadreo las diferencias dejan de separarnos. Las diferencias pasan a ser elecciones, circunstancias, realidades personales que surgen siempre de lo mejor que pudimos y podemos hacer. Aún cuando se queda corto, cuando cometemos errores y la cagamos como jurábamos que nunca haríamos… aún ahí, en el círculo de comadres nos escuchamos, dejamos que las lágrimas corran y reímos de lo absurdo del día a día de la maternidad.

Mis comadres me mantienen en pie.

Ojalá todas podamos encontrar un círculo de comadres para compartir la locura. No hace que sea menos exigente ni que nos lleve menos al límite… pero acompañadas, se hace un poco más liviano.

Busquémosnos, comadres. No hace falta que tengamos mucho en común más allá de estar en el meollo de maternar. A veces solo hace falta una pizca de coraje para decir quedamos? Y como arte de magia, tienes un círculo de comadreo. Un círculo para desensillar lo que pesa, la soledad, el desconcierto y la constante maravilla de poder querer a un hijo con todo el corazón entero enterito.

Para esto está el comadreo, para no estar solas. Para esas lágrimas que se funden en risas que se funden en abrazos y que nos dejan tanto más livianas.

No estamos solas.

Encontrémosnos, comadres. Nos necesitamos.

2 comentarios

  1. Gracias Cheli, por esta reflexión. La verdad es que sí, que ser madre cambia y desde la raíz. Yo aún no sé quién soy después de estos tres años tan intensos. Y también es cierto que las madres estamos muy solas…no hablo como madre monomaternal que soy, sino desde mi experiencia viendo y conociendo a un montón de madres en pareja a mi alrededor. Cada vez soy más consciente de la necesidad de establecer redes de apoyo. Porque la maternidad en solitario es imposible, o se paga un precio demasiado alto, tanto la mujer como el hijo. Como dice un proverbio africano que me encanta: “Se necesita una tribu para educar a un niño”.

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