Llorar el duelo: Vulnerabilidad y magia.

En el Taller Culpa y Perdón en el duelo tuve la suerte de contar con madres que estaban en muy diferentes momentos de su duelo, de modo que había distintas miradas y perspectivas, lo cual resulta tremendamente enriquecedor. Las palabras de Ana, mamá de Óscar me llegaron como propias:
“…aunque pasen los años hay cicatrices que es necesario ir cuidando cada cierto tiempo,porque hay veces que se abren”.


Así es. Y si se abren, hay que prestarles la misma atención que les pusimos en los días negros del duelo, hay que volver a detenerse, escuchar las emociones y darles su espacio.


No hace demasiado tiempo que encontré el momento adecuado para pintar la mandala que Carol, mamá de Mei, nos regaló en exclusiva a los asistentes del Encuentro de duelo.

 


Al acabar de pintar la mandala y mirar el resultado, me dí cuenta del intenso trabajo emocional que allí había y cómo había expresado cosas que quizá todavía quedaban por ahí flotando. Veo rabia claramente, rabia contra la sangre asesina, rabia contra el cruel destino que le esperaba a Olivia dentro de la barriguita de quien más la amaba. Veo dolor, un dolor grande. También está el arcoíris de Violeta, sí, pero al pintar la parte de Olivia, fluyendo, improvisando, sin planear nada, las emociones emergieron. Y después fue duro reconocerlas, darles su espacio y recolocarlas. No me encontraba bien y no sabía porqué, sentía rabia y enfado, los disfraces más cómunes de la tristeza. Hasta que al fin, mirando la mandala, fuí consciente y me permití hablarlo y llorarlo. Hay que saber llorar el duelo.


Esta semana he tenido médicos, revisones rutinarias y ha salido el tema de Olivia. He visto al único ginecólogo, de los seis consultados tras la muerte de Oli, que se preocupó de mandarme pruebas específicas y me aconsejó que no esperase más para “sacar a Violeta”. Los análisis dieron algunos datos que quizá tengan conexión con la muerte de Olivia. Como casi siempre en estos casos, no hay certezas. Todos los demás médicos hablaron de accidentes que no se repetirían, de mala suerte, de que nada en particular, ninguna intervención médica, era necesaria para un posterior embarazo. Pero este doctor no está de acuerdo y tiene su propio criterio. Este hecho hace que considere aún más, si eso es posible, la vida de mi hija Violeta como un milagro. Un milagro incontestable y maravilloso.


 Gracias a Guadalupe, mamá de Emma, por decirme que se hacían ciertas pruebas y a Paloma, mamá de Andrea, por poner a este doctor en mi camino. Quién sabe qué hubiese pasado si no le hubiera visitado, con mi barrigota, en la semana 38, quién sabe qué hubiera pasado de haber esperado más, de no haber seguido su consejo?


Pude darle las gracias por ello de todo corazón, pero con un corazón encogido y así, salí de la consulta. 
Todo se había removido dentro de mí, los miedos, la rabia, los recuerdos… Un torbellino de emociones me embargaba y necesitaba llorar, pararme y llorar. Hallé un parquecito discreto enfrente de la clínica y pude soltar. 
Qué pena, qué pena tan enorme. Qué injusticia. Una niña tan grande y bien formada como Olivia, que estaba tan sana, una niña con la que la muerte no lo tuvo fácil, pues era fuerte, una niña que hubiera tenido una muy buena vida en este tierra, sufrió esa gravísima transfusión fetomaterna cuando ya estaba en la semana 40. 
(Escribiré una entrada con toda la información que tenemos sobre la causa de la muerte de Oli, por si a otros papás en esta situación les puede ayudar)


Y después de aliviar un poquito de mi pena, para que no se desbordase, decidí caminar con mi vulnerabilidad,  sin miedo al dolor ni a mostrarme, sin ponerme la coraza pues de nada sirve. No te protege del dolor, sólo te aísla de los otros, precisamente de aquellos que quizá puedan reconfortarte. Sin escudos es como la magia sucede. 
Magia muy pequeñita, muy de andar por casa, magia de la que pasa inadvertida pero que cose un poco nuestros rotos.


Escogí una calle nueva en mi regreso desde la consulta, buscando un lugar para tomar un café con un bollito que calentase mi corazón y llenase un poco mi vacío. Deseaba encontrar un lugar de una marca muy conocida con un logo verde. Caminé con plena confianza de que lo encontraría. Mis ojillos miopes y sin gafas, creyeron verlo y me dirigí encantada hacia el lugar para descubrir que en realidad era otro tipo de establecimiento que usaba un logo muy parecido deliberadamente. Allí me atendieron tres chicas amabilísimas, con las que me permití conectar y ser simpática, a pesar del dolor que me recorría el cuerpo. Me trataron muy bien y me dieron dos trocitos diferentes del pastel de cortesía,en lugar de sólo uno. Me lo llevé y me detuve donde me pareció bien, a “disfrutarlo” mientras colocaba todo lo que pensaba y sentía.

Son tonterías, detalles sin importancia, que sin embargo eran justo lo que necesitaba en ese momento.
Me llené de agradecimiento. Por la vida y por la conexión con el ser humano. No te dejes engañar por las noticias y las monstruosidades que algunos de nuestros congéneres llevan a cabo. Como me explicaron en mi formación de duelo ” sanamos en relación, por tanto cuidemos y demos lo mejor de nosotros mismos en esa relación”.


Tengo fe en el ser humano. Nada me gusta más que trabajar con gente y compartir mi vida con gente, con los amigos de siempre, con nuevos amigos, y con conocidos y desconocidos. Con quien te cruces, cada día, intenta tener una buena interacción. 
Sé amable, porque no sabes que batalla está librando la persona que tienes en frente. Tus palabras y acciones pueden tener un gran impacto en la vida de los demás.


Relaciónate con los otros desde tu propia vulnerabilidad, te llevarás muchas sorpresas. Abrazar tu vulnerabilidad te hará más fuerte y conectado. Ser vulnerable no es igual que ser frágil. Precisamente mostrar tus emociones hace que sea más difícil quebrarte. No tengas miedo a las lágrimas.


Cuida las heridas cuando se abren, nunca las cierres en falso. Déjate querer. Al contrario de lo que dicen las noticias, el mundo es un lugar lleno de amor.



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