Saber decir adiós

Somos y nunca dejamos de ser.

Sin embargo, morimos.

Muere nuestra forma humana. Por tanto, en este vida, tal y como la conocemos, no nos podremos volver a ver ni a tocar con los que se van.

En consecuencia, es relevante despedirse,  celebrar la vida del que abandona su cuerpo, honrar el amor que le tenemos, el tiempo que compartimos.

Es cierto que no hay despedida posible cuando continúa el amor por nuestros hijos fallecidos y nuestra relación maternal espiritual con ellos. Estoy de acuerdo en que no decimos adiós, pues seguimos unidos por ese hilo mágico e invisible que atraviesa hasta la última frontera.  Y sin embargo, que importante es “despedirse” y saber decir “adiós”, entendiendo estas palabras tan solo como un ritual, un hito en el camino, un cambio en el estado que no en la esencia.

Una hilera infinita de niños en uniforme azul marino y gris bordea la carretera ascendente, en curva, de la avenida de Booterstown. Reina el silencio. Impresiona la imagen, la atmósfera, el respeto. Al fondo ,en mitad del asfalto,  aparece un hombre vestido con un frac negro y un sombrero de copa. Da paso al cortejo funébre. Los niños de azul y gris permanecen inmóviles. Serenos. A mí se me hace un nudo en la garganta de emoción. Pasa el coche cargando el féretro. Es un ataúd hecho de mimbre coronado por flores sencillas. Silencio y más silencio. Los segundos se arrastran.

Inmediatamente tras el féretro, llega el coche de la familia de la profesora fallecida. Sus hijos, pequeños, nos miran a través de la ventana. ¡Qué ojos! Las huellas de la tristeza están en sus rostros. Creo que soy consciente de que nunca había visto de cerca el halo del sufrimiento en una carita infantil. Se me saltan las lágrimas.

Uno a uno se van sucediendo los coches del cortejo. A veces, sus ocupantes nos miran y percibo  que aprecian el gesto, la disposición,  la extraña belleza de la imagen,  el homenaje  que un colegio  rinde a su profesora y exalumna.

Cuando el cortejo finaliza su paso, una señora viene a felicitarme por el ejemplar, solemne e impresionante comportamiento de los alumnos uniformados.  Yo también estoy conmovida.

Después, un funeral al que asisten tantas personas, que una gran parte está fuera de la iglesia, en su verde jardín, escuchando el oficio  a través de unos altavoces.

No conocí a esta compañera de mi nuevo colegio, Saint Andrews, en Dublín. Y sin embargo sé más de Nikki que de muchas personas que frecuento porque, como dijo mi compañera de francés:  “Irish know how to say good-bye”, los irlandeses saben decir adiós.

Era una misa, pero no era una misa. Era un repaso lleno de amor sobre la vida de Nikki.

Cuando ella supo  que iba a morir, tras 17 meses luchando contra un cáncer, escribió un discurso que otra persona leyó por ella en su funeral. Nunca había estado en un funeral en el que el muerto me hablase. Os aseguro que es algo indescriptible y que no se olvida.

En ese repaso último a su vida que dio la propia Nikki, participaron, leyendo sus propias intervenciones, amigos, compañeros, familiares, su marido e incluso sus hijos pequeños.

He sabido cómo se conocieron su marido y ella, cómo le pidió matrimonio, lo que le gustaba reir ,las fiestas, tomarse un vino y conducir tapándose un ojo. Amaba su profesión y disfrutó cada día que trabajó en el colegio de Saint Andrews donde fue alumna y después profesora. Y el colegio le pagó ese amor con la despedida más emotiva que yo haya visto.

Su marido expresó la pena por no haberle dicho más veces “Te quiero” a lo largo de su matrimonio. (Como dicen en “Love Actually”, todos los mensajes que mandaron las personas antes de morir en las Torres Gemelas, eran mensajes de amor a sus familias, amigos, etc. TODOS. Al fin y al cabo, sólo somos amor en esencia)

Recuerdo todas las palabras de este  funeral con el que inicié el curso, ha sido toda una lección de vida y de amor. Y me hizo pensar mucho en Olivia, en la importancia de las despedidas y de los actos conmemorativos en nombre de nuestros bebés.

Lo que es, nunca deja de ser, pero deja de estar. Y esa ausencia física duele como nada puede describirla.

Cuando los bebés mueren, hay quien piensa que, como su vida fue muy corta, apenas dejan recuerdos. Especialmente si el bebé no llegó a nacer con vida, una parte de la sociedad se empeña en obviar su  existencia. Pero un hijo es para siempre y su paso por este mundo, aunque fugaz,  deja una huella indeleble. Claro que hay recuerdos,  recuerdos oníricos de  lo vivido, de lo construido y de lo imaginado.

Yo siempre digo que cuando el bebé muere, hay que llorar al hijo que fue y al que nunca llegará a ser. Se va esa vida breve, pero se va también toda la vida que soñábamos compartir, se va el hijo  proyectado, se va toda la vida que teníamos por delante con él. Nos arrancan una parte esencial de nuestro propio ser. Recibes  muerte cuando esperabas vida. Y te quedas con el amor manando a raudales, derramándose en sangre, leche y lágrimas.

El bebé que muere físicamente tiene un lugar en la familia y merece ser honrado. Cada uno lo hará como lo sienta y desee. Quizá privadamente,  guardado en lo más secreto de su corazón  o públicamente, con una ceremonia. Nadie puede juzgar qué modo es mejor, pero lo que la psicología parece encontrar beneficioso es realizar ese acto simbólico de “cierre” de una etapa, la de la vida compartida en este plano de la existencia. El significado es el reconocimiento de que el bebé existió y tuvo un nombre, aunque no fuese oficial, aunque fuese un apodo cariñoso con el sus padres se referían a ese bebé por llegar. Honramos su vida, aunque sólo estuviese un tiempo muy limitado, recibió nuestro amor. Compartió cuerpo con su mamá, tal vez llegó a escuchar nuestra voz y a responder a nuestras caricias a través de la tripita. Y si el bebé nació con vida, como mi hija Olivia, honramos  su vida dentro de nosotras y su vida extrauterina también.

Hay mil formas de hacer un ritual de despedida. Y nunca es tarde para hacerlo. Hay familias que tienen esa despedida pendiente durante años y encuentran paz cuando finalmente llega su momento y sienten que están preparados para llevarlo a cabo.

En mi caso personal,  sentí esa necesidad de realizar esta ceremonia desde el primer momento. Preparé su despedida con todo el amor, el detalle y el cuidado del mundo. Hice lo que pude al llegar a casa  del hospital, tres días después de una cesárea y de  ver morir en mis brazos a mi niña. Antes de salir hacia ese cementerio a los pies del pico de La Maliciosa, quise honrarla y que sus objetos queridos, mi diario de embarazo, poemas y cartas de amor, la acompañaran cuando fuera enterrada.

Pero esa despedida, fue tan triste y solitaria. No quisimos avisar a nadie, acudió la familia que estaba en Madrid y  supo lo acontecido y mis padres, hermana y pareja. No estábamos para nada más. Sé que algunas personas que nos quieren hubieran  deseado estar allí, pero en esos momentos nada importa, el mundo se detiene.

Mi hija merecía ser celebrada. Y su entierro, aunque tenía una enorme importancia, no podía considerarse una despedida ni una fiesta. Faltaba algo …

Estuvimos meses necesitando estar solos, haciendo nuestro trabajo de duelo. Y seis meses después llegó el Día del Recuerdo de Umamanita. Yo sentí la necesidad de invitar a mis amigos, su  respuesta fue  masiva, todos vinieron. De hecho, amigas que vivían fuera de Madrid se sintieron apenadas porque no se lo conté y ellas hubieran querido venir para estar con nosotros en ese momento. Todos entendieron el mensaje y la importancia de ese acto. Nos arroparon, reconocieron a Olivia, la nombraron, colaboraron con Umamanita, se emocionaron con la suelta de globos frente al Palacio Real, nos abrazaron, nos acompañaron,  escucharon nuestra historia. Y yo estuve extrañamente feliz. Mi hija era celebrada al fin, tuvo su fiesta con globos, con el  calor de los amigos que me  reconfortó y me emocionó tanto, todavía lo hace hoy al recordarlo. Me sentí afortunada y agradecida a la vida. A pesar de todo.

Gracias a Umamanita y a todos mis compañeros de duelo, por tanto.

Despedirse, honrar, conmemorar, recordar. Sanar.

Que aprendamos a despedirnos , apenas un hasta luego y que nunca nos falte un te quiero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *