Sentimientos de la maternidad arcoíris. Un año de maternidad tras la pérdida II.

Un año de amor…

Un año desde su nacimiento, esa cesárea humanizada en la que el equipo, conocedor de nuestra historia, se volcó y cuidó el trato exquisitamente, caricias tranquilizadoras en el rostro por parte de la anestesista, beso de la cirujana al terminar, respeto por nuestros primeros minutos juntas que se alargaron un poquito más de lo normal, una estancia en reanimación lo más breve posible, narración de lo que iba aconteciendo, de cómo Violeta iba emergiendo al mundo…


Qué momento, qué felicidad 
Un año aprendiendo a ser madre con los brazos llenos y no sólo el corazón rebosante. Un año de lactancia, de trabajo maternal, de dedicación exclusiva (lo máximo que hemos estado separadas ha sido cuatro horas y media).

En este año han surgido muchos sentimientos, algunos agridulces, la mayoría maravillosos.
Voy a hablar de los sentimientos que caracterizan mi maternidad tras la pérdida:

1. Miedo
Ha sido un año difícil a nivel personal para nosotros, no específicamente por la maternidad tras la pérdida sino por nuestra propia historia errante y desubicada, por la separación espacial de mi pareja, por esa salida de la zona de confort para poder reunirnos justo en el momento en que más deseaba tener un nido estable y un entorno de ayuda y seguridad. Momentos de aislamiento social y miedo al encontrarme desamparada en un país cuyo sistema sanitario no funciona demasiado bien.
Si creía que el miedo iba a ser sólo parte del embarazo y que desaparecería al ver a Violeta sana y hermosa, estaba muy equivocada. Desde fuera, es muy fácil aconsejar que “no puedes dejar que tu miedo condicione a tu hija”. Eso todas las mamás arcoíris lo sabemos y hacemos todo lo posible para que vivan felices, sin la marca de la tragedia anterior, pero nuestro corazón vive encogido porque hemos conocido la muerte de un hijo y quien no la haya conocido no puede entenderlo, afortunadamente para ellos, ni ponerse en nuestro lugar. Cuando me quedé embarazada de Violeta, para el último trimestre, busqué ayuda profesional precisamente para que mi segundo parto y la recta final del embarazo no estuvieran asociados a la muerte anterior, a ese recuerdo lacerante, a ese trauma, porque lo es, un trauma mayúsculo. Hice un buen trabajo. Pero el miedo no desaparece. Simplemente he aprendido a vivir con él, reconociéndolo y dejándolo estar y para ello no hay nada mejor que hablarlo y normalizarlo con quien ha pasado por lo mismo. Nuestra pandilla de facebook es un gran apoyo. Las otras mamás arcoíris me dijeron que ellas también  movían a sus bebés si estaban demasiado quietos al dormir y que comprobaban varias veces que respiraban. Me contaron que a ellas los primeros días les costaba dormirse, pues querían permanecer vigilantes. Me explicaron que ellas también lloraron o se murieron de angustia con sus primeras fiebres, o reacciones anómalas a las vacunas, o manchas en la piel o cualquier síntoma extraño.  Aún recuerdo mi ataque de pánico la primera vez que comió un trozo de galleta de bebés y se atragantó, mi reacción fue desproporcionada, pero creo que perfectamente comprensible.
El miedo está ahí, pero cada vez siento menos miedo y más confianza de nuevo en la vida. Aunque cuesta, porque en el embarazo de Oli siempre tenía mucho miedo de todo y en el último tramo, cuando ya confiaba totalmente en una feliz resolución, la muerte me arrebató lo que más amaba, dejándome el falso aprendizaje de que el miedo pudiera proteger a mi bebé. Nada más lejos de la realidad, pero que difícil resulta luchar contra el inconsciente.
Hoy escucho menos las frases que el miedo me susurra y presto más atención a otras señales del universo que me llenan de confianza. No compartimos el mismo destino, cada ser humano y cada alma es única.

2. Culpa.
He leído y escuchado que muchas madres viven con culpa el deseo de volver a quedarse embarazadas y tener otro hijo, como si eso fuera una traición al hijo anterior. Es un sentimiento muy común y lógico. En mi caso no existió esa culpa, pues siento dentro de mí que Olivia no desea más que nuestra felicidad y cualquier acción encaminada a ella no sólo no es una traición sino que la honra.
Entonces, ¿de qué culpa hablo? Lo explico en el siguiente punto.

3. Expectativas poco realistas.
Cuando se muere un hijo el impacto es tan absolutamente brutal que después de eso vives un tiempo largo como anestesiado, como en sordina, mientras que por otro lado se cobra una lucidez y una sabiduría de la vida impresionante. VES qué es importante y qué no lo es y alcanzas una especie de iluminación que crees que durará siempre, que ha cambiado tu vida para siempre jamás. Y en parte es totalmente cierto, pero también es verdad que somos humanas. Aunque cuando el hijo anterior murió jurases que darías todo, que sacrificarías cualquier cosa por la maternidad, que no te quejarías de nada, ni del cansancio, ni del dolor, ni de la falta de tiempo, lo cierto es que con el paso de los meses ese estado zen va desapareciendo y uno vuelve a tener crispaciones, necesidad de dormir, deseo de un ratito de paz y silencio y entonces te sientes asquerosamente culpable. Tienes un hijo vivo, sano, precioso, increíble, la vida te ha vuelto a sonreir y te ha dado un regalo magnífico, impagable y tú te quejas porque no tienes ni una horita para ti. ¿Dónde está la iluminación ahora?
Pues aprendí a integrar y superar esta culpa, apesar de que a veces todavía me da punzadas y me hace sentir mal, comprendiendo que en realidad es un avance y no un retroceso. Es un avance en el duelo, es volver a la vida, con todas sus luces y sus sombras, su grandeza, pero también sus miserias. Soy humana, soy más sabia, valoro enormente lo que tengo, tengo una maternidad más profunda, más consciente, pero a veces también necesito un respiro y nadie es peor madre por eso.

4. Tristeza y nostalgia
Sí,  desafortunadamente este primer año de maternidad arcoíris también está jalonado de recuerdos dolorosos, de nostalgia del primer bebé, de amargas lágrimas al poder abrazar a uno y al otro no, de no entender cómo es posible que tu primer bebé no esté fisicamente…
Pena, pena honda de hiel.
Y es que muchas de nosotras fuimos de la mano del duelo durante el embarazo tras la pérdida y éste todavía pervive , aunque más suave, durante el primer año del nuevo bebé. Hay días que vuelve con toda la negritud. En mi caso son los menos, pero cuando vienen… Ay, cuando vienen…
Y estar solita muchas horas, sin la familia y sin amigos durante varios meses, hasta que poquito a poco he ido generando un pequeño círculo social, no ha ayudado nada. La soledad me trajo un importante retroceso en el duelo. Con la primavera, la luz, las flores y el amor de mis dos hijas, noto que que yo también vuelvo a florecer, aún tímidamente.

5. Rabia
Rabia cuando te dicen que este bebé ya te colmará tanto de felicidad que olvidarás al otro, que éste es el bebé en el que tienes que pensar, que lo otro ya pasó.
No entienden nada. Mientras viva y aún cuando deje de respirar “polvo seré, mas polvo enamorado”. La muerte no se llevó el amor por mi primer bebé,Olivia, así que aún menos se lo va a llevar la vida. Una nueva vida ha venido a llenarme el corazón, pero en él , como en el de cualquier madre de hijos vivos, hay sitio para dos.
No hay nada enfermizo ni patológico en recordar desde el amor y las ganas de vivir la vida plenamente, sin lealtades malentedidas.
El amor es lo único que al compartirse no se divide, se multiplica.




6. Paciencia y agradecimiento quasi infinitos. 
Si bien creí necesario explicar  el punto 3, el que realmente caracteríza la maternidad arcoíris es este otro.
Cuando la crianza te exaspera, cuando crees que no puedes más, de pronto, recuerdas de dónde vienes, dónde estuviste, cuán profundo fue el pozo inagotable de tu pena y contemplas el rostro dulce y amadísimo de tu bebé arcoíris con un amor tan grande que te recarga de paciencia al sentir un agradecimiento inconmensurable  por esta nueva oportunidad de ser madre.

7. Amor y felicidad
Toda maternidad está caracterizada por el amor y no vengo a decir aquí que ame más a su hijo aquella que perdió uno que aquella otra que no conoció esa desgracia. No. Pero lo que sí sucede es que este amor de la maternidad arcoíris es una especie de amor doble, un amor reforzado por todo lo vivido anteriormente, por toda esa paciencia y agradecimiento. Es un amor que trae una felicidad tan grande, tan enorme… Imposible describirla. Cuando has atravesado el desierto del duelo, tu corazón ha ganado una sensibilidad enorme y sabe apreciar cada momento de gozo y felicidad, un oasis que es el mismo paraíso.

 

Violeta ha tenido extensas celebraciones de cumpleaños al estilo boda real, de la última dejé testimonio gráfico en facebook . Como nosotros no celebramos bautizos, celebramos la vida misma y pude volcar el corazón en cada detalle.
No creo que una niña haya soplado su primera velita en tantas ocasiones al tener que celebrarlo en cuatro ciudades diferentes y dos países, pues somos una familia diseminada, pero lo importante es cuánta gente la quiere. A través de felicitaciones y regalos  (aquí sólo algunos de ellos) nos han hecho sentir cuánto les importa Violeta. Somos dichosos porque percibimos cómo se alegran con nosotros por volver a ser papás.

 

 


 

 Las tres tartas de Violeta



Feliz cumpleaños, mi amor, flor de mayo, vigor de primavera, renacimiento, sol de vida, estallido de color. Vive feliz  por siempre. Gracias por elegirnos.

2 comentarios

  1. Hola Alicia,
    Sin tener un bebé arco iris, pero sí teniendo dos que en parte lo son (lo son porque proyectan esa lucecita que me permite levantarme de la cama) siento ese miedo del que hablas. Nunca lo había tenido, nunca hasta ahora…porque la vida ya nos ha quitado lo que más queríamos, porque nadie nos asegura que no vuelva a pasar…Ay, Alicia, qué difícil es ser racional en estos casos. Supongo que, poco a poco, lo sobrellevamos, pero ese miedo siempre estará ahí, como parte de esta nueva vida…
    Un beso, amiga

  2. Hola María, qué verdad! El miedo viene no sólo con los hijos arcoíris sino con todos los hijos y seres queridos al darnos cuenta de que no somos inmunes a la desgracia. Es muy difícil, en efecto, racionalizarlo. A mí me sirve repetirme "El miedo sirve para protegernos dela muerte pero carece de sentido cuando de lo que nos protege es de la propia vida". Un abrazo, amiga♡

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