¿Alguna vez se cura esta herida?

A día de hoy, más de siete años después, me siguen doliendo las cosas que no pude darte. Y sé bien que no hay que juzgar con los ojos de hoy a la madre de aquel fatídico día, que al contrario, hay que envolverla en un manto de compasión, pero cómo duele lo que nos faltó, cómo duele pensar si lo pude hacer de otra manera y así añadirle horas a nuestro tiempo compartido en este lado del universo, en esta parte de la vida.

Afortunadamente, son años ya de entrenamiento y estas visitas lacerantes de recuerdos de hospital duran poco y se cierran con amor, pero duelen lo que duran.

Una vez, una terapeuta, a  cuya consulta no regresé tras este comentario, me dijo que si lloraba al hablar de ti, que si me venía esa emoción, es que algo ahí no estaba curado, no estaba resuelto.

Recuerdo que me molestó mucho, que pensé que quién se habría creído ella, que no había padecido la muerte de un hijo, para hacer esa afirmación.

Por aquel entonces ni siquiera había pasado tanto tiempo, quizá sólo tres años de tu muerte física.

Me pregunto si hay algo de cierto en que queda algo sin resolver si se sigue llorando.

Yo pienso más bien, que hay recuerdos tan intensamente grabados en nuestro cerebro, que son capaces de volver a despertar las mismas emociones que sentimos cuando los vivimos.

Afortunadamente, siete años años después, puedo hablar de Olivia sin derramar lágrimas en la mayoría de ocasiones. Puedo recordarla con tranquilidad y amor, mencionarla y traer su presencia benefactora. Puedo colgar su adorno de navidad, risueñamente le pongo a su foto un gorro de bruja en Halloween, llevamos flores y adornos al jardin donde yace su cuerpecito y nada de esto me despierta el llanto.

Sin embargo, hay días, que la pena viene, como una ola negra, densa y asfixiante, bien cargada de alquitrán.

Son pocas las veces, son breves, pero son.

Y la duda es, ¿dejarán de ser?, ¿ Cuándo? Y ¿ es normal?

¿Habrá algo de cierto en que hay ahi algo sin resolver?

Porque yo por más que lo busco, no lo encuentro. No hay un rincón del duelo que no haya enfrentado, que no haya trabajado y sobre el que no haya querido arrojar luz. Yo, la reina de la anestesia y la evasión, por una vez me quedé quieta, de frente, ante el inmenso toro del duelo, dispuesta a recibir su brutal y mortal embestida.

Todas las emociones afloraron, todos los pensamientos, todo el sufrimiento.

Todo lo que daba miedo, vergüenza, culpa, rabia o envidia fue mirado, aceptado, integrado y sanado.

Yo no vivo con una herida abierta. Creo vivir con una herida curada y que no ha cerrado en falso. No supura.

Quizá sea esa vieja lesión de soldado que duele al cambiar el tiempo. Que te recuerda la batalla que libraste, que fuiste herido y que sobreviviste o mejor, renaciste.

Quizá es simplemente que en este tiempo en que a todo el mundo se le exige mostrar una felicidad constante y una actitud positiva tóxica, no se entiende que un hijo es para siempre, vivo o muerto. Y que un hijo nunca muere para una madre, porque nuestro amor por él sigue vivo y siempre nos falta, aunque siempre esté con nosotras. Por eso yo acuñé la palabra “Sintigo”.

Siete años sintigo, Olivia, y reivindico mi derecho a llorarte cuando me venga en gana, porque sé que tú estás en mi equipo de luz y que siempre, siempre, salimos de cualquier pozo más fuertes que nunca, más resilientes.

Recupero del duelo la actitud de agradecimiento por todo cuanto tenemos y doy gracias a este segundo covid por obligarme a un tiempo de aislamiento que me lleva a ti, a escribir y a conectar con lo que es mucho más grande que nosotros.

En el cielo más negro, sigue habiendo estrellas, que tú no las puedas ver, no quiere decir que no existan.

Photo by Simon Berger on Unsplash

10 comentarios

  1. Resuena en mi al 100% lo que escribes. Esa normalidad de calma, de amor, con que los nombramos, esa cotidiadeidad es su día a día, invisibles, con nosotras. Y de repente algo desata un huracán que nos remueve las entrañas.
    A veces me siento mal por no llorarla, por no sentir ese dolor de manera tan intensa, tan constante. Como si eso fuera indicativo de no añorarla tanto o de quererla menos que antes. Y luego siento que simplemente voy colocando las piezas de este corazoncito roto, y que poco a poco voy sanando. Imagino, y quiero creer que es parte del proceso.
    Pero llega un momento en que se deja de llorar por siempre? Nuestros hijos siempre faltarán, ellos murieron, y nosotras no. Y pienso que habrá días en las que las lágrimas necesiten salir, y probablemente nos pase siempre.
    Gracias por poner la tinta sobre el papel y emocionarnos❤️

    1. Muchas gracias, Paula.Qué importante acompañarnos unas a otras en este camino. Siento tus palabras como propias y encuentro sosiego.Es como dices, recomponemos las piezas, añoramos igual. No te sientas mal por no sentir la crudeza del principio del duelo siempre. Es parte de la alquimia. Pura magia de amor. Un abrazo enorme.

  2. Pues tal y como dices. Mi madre lo describió igual: como una herida sangrante que con el tiempo cicatriza y esa cicatriz a veces duele. Han pasado más de 8 años desde que Maia murió y puedo decir que no ha pasado ni un solo día sin pensar en ella, aunque sea un pensamiento fugaz… y sí, en ocasiones sigue doliendo, y lloro, como en el día del recuerdo, o el día del intercambio de velas, o en algún momento donde los sentimientos afloran. Pero es verdad que en cierto modo Maia tiene su lugar en la familia, la nombramos y está presente. En mi primera reunión una mamá dijo «el dolor se acaba convirtiendo en amor» y no me lo creí mucho, pero hoy día puedo decir que sí, que el amor crece y se asienta. Y llorar de vez en cuando por supuesto que es normal, y hasta diría que sano. Igual que el abuelito que murió hace muchos años y aún hay veces que ciertos momentos hacen aflorar las lágrimas.

    1. Muchas gracias, Esther, verdaderamente se necesita escuchar a una compañera de duelo en este proceso sin manuales de instrucciones. Todo lo que dices es como lo sentimos también nosotros, exactamente. Qué ganas de compartir días de recuerdo y velas. Un abrazo alado

  3. Yo creo que el dolor no se supera nunca, solo aprendemos a vivir con él, pero ahí está dormido en nuestros corazones y a veces, al menor detalle despierta y se desborda. Yo siempre he afirmado que les voy a llorar a mis hijos hasta mi último suspiro porque aunque los siento siempre conmigo, extraño su presencia física, el no poder abrazarlos y acariciarlos y eso duele y siempre va a doler.
    Cómo siempre, expresas nuestro sentir de una forma muy hermosa, seguro que muchas madres nos sentimos identificadas con este post. Bendiciones para ti

    1. Qué bonita tu aportación, mil gracias por comentar y así hermanarnos y apoyarnos en este amor y este dolor. Lo expresas tú maravillosamente. Bendiciones para ti en este nuevo año, amiga

  4. Morimos porque vivimos. Nos duele porque amamos. Ayer, hoy y siempre.
    Cuando se ama, y más a un hijo, todo tu ser se ocupa y preocupa por el ser amado.
    Mi niño de mi alma no está conmigo físicamente, pero mi amor trasciende más allá de lo físico. A veces me llena de alegría pensar el tiempo que compartimos. Otras veces me sumo en la tristeza más profunda al ver la cruda realidad de su ausencia. De todo lo que pudo ser.
    Parte de mí se fue con él. Parte de él siempre está conmigo.
    Un alma incompleta, esa soy yo.
    Y nada de lo que diga, haga o sienta podrá cambiarlo.
    Y así debo aprender a vivir.
    Gracias por estar Alicia.
    Millones de besos a nuestros bebés y a sus mamás.💖

    1. Qué bonito, Pilar, muchísimas gracias por compartir tu sentir, tu visión y tú dura experiencia. Tu niño trajo tanta luz! Y por eso tú nos reflejas sus cálidos rayos, con tu dulce amabilidad, con la persona especial que eres. Ese hilo invisible que nos une va más allá de la muerte. Un abrazo inmenso

  5. Alicia: Tú lo has explicado en tu post más claro imposible. Preguntas: «Me pregunto si hay algo de cierto en que queda algo sin resolver si se sigue llorando.» En mi modesta opinión, y yo solo puedo hablar a través de mi propia experiencia, aquí no se trata de «resolver» nada. La que te hizo ese comentario solo tenía un registro limitadísimo y la cagó, claro está. Esto no se resuelve ni deja de resolverse. Tampoco es un castigo que tengamos que arrastrar hasta el día de nuestra muerte. Opino que si vamos haciendo el trabajo interior necesario, como has ido haciendo tú, el paso del tiempo se convierte en un aliado. Anahí murió hace 7 años. He transitado un camino muy intenso con muchos altibajos pero siempre mi balance es positivo. Nunca he sentido que tenga cosas por resolver. Más bien diría «trabajar», y esto sí tengo la certeza que es para toda la vida. Y es que la muerte de mi hija me ha cambiado tanto, que incluso ha hecho aflorar todas las sombras que mi alma guardaba ocultas y ahora no tengo otra que afrontarlas y trabajarlas.
    Curar tampoco me parece la expresión más acertada. Tú, yo y todos los que hemos sobrevivido a un hijo llevamos a cuestas un trabajillo extra, una piedrecita de más en la mochila, con la que tenemos que dialogar, negociar y llegar a un pacto de no agresión. Pero eso no tiene nada que ver con ninguna curación. Y sobre llorar… desde que murió Anahí yo lloro a menudo por cosas que no tienen nada que ver con ella, porque tuve que aprender a aceptar mi sensibilidad y mi vulnerabilidad. Lloro porque veo sufrimiento, lloro por una injusticia, lloro porque veo bondad y amor… me emociono y lo puedo dejar fluir y manifestarse. Entiendo que, después de estos años, cuando lloro pensando en Anahí ya no es por tristeza, impotencia, rabia ni desesperación como antes. Es más bien por una emoción que es una mezcla de nostalgia y de gratitud de haberla tenido en mi camino y por todo lo que hemos compartido. Intuyo que será así para el resto de mi vida. Mis emociones han evolucionado, como todo evoluciona. Yo he cambiado, y cada vez siento más poderoso mi amor por ella, y por los que siguen aquí, a mi lado en este camino sin la dimensión física de nuestra Anahí.
    Yo ya no siento apenas emociones negativas. Vivo el presente, amo a mi familia y a Anahí, y encontré, despues de su muerte, un camino de trascendencia del dolor a través de la ayuda a los dolientes que se siguen sucediendo día tras día. No sé si mi respuesta te servirá… deseo que así sea. Recibe mi abrazo.

    1. Ya lo creo que me sirve, Francina… Tanto que no tengo ni palabras para responder porque prefiero que hablen las tuyas, que quede su eco sabio resonando en mi corazón. Un abrazo alado. Qué de luz dejó Anahí…

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