Contigo siempre, siempre en mí, mamá.

Cuando muere tu madre, mueren los últimos vestigios de tu pueril inocencia, muere tu familia como la habías conocido, muere la niña que habitaba en ti. Y sin embargo, otras muchas cosas hermosas nacen, al tiempo, a su debido tiempo.

De pronto, sin haber podido procesarlo, estaba de nuevo en una UCI, como hace 11 años, para despedirme.

Esta vez no era la mano de mi hija, sino la de mi madre, la que sostenía, acompañándola en ese último paso al otro lado.

Cómo se complica la vida con la enfermedad, cómo hace que todo mute, por eso cada día que estamos vivos y sanos sobre la faz de la tierra es un día de celebración. Desde Olivia, yo no olvido esa enseñanza. Aunque tenga malos momentos y días negros, aunque se adueñen de mí pensamientos negativos, decepciones, desencantos, miedos… Siempre vuelvo a mí, a mi centro, a mi filosofía de vida, la que me regaló Olivia. Con ella me transformé a un nivel profundísimo.  Fue un renacer. Completo. Qué trabajo de duelo y qué  buenos frutos dio. Aunque queden automatismos, rabias, limitaciones, aunque una sea humana con todas las imperfecciones, qué crecimiento tan grande aquel que me regaló mi estrella.

Gracias a eso he podido atravesar los dos grandes duelos que me ha traído la vida en estos últimos años: El divorcio y la muerte de mi madre.

He visto destruirse la familia que yo había fundado y cambiar, al perder su pieza fundamental, a mi familia de origen. Si yo no hubiese adquirido la fortaleza mental y emocional  que me dio la experiencia de la muerte de  mi primera hija, no hubiera sabido navegar estas otras grandes pérdidas  con entereza. Rota, por supuesto, en muchos momentos, pero siempre adelante.

Murió mi madre el 9 de septiembre tras dos años de camino flanqueado de enfermedades, de milagros que llevaban a nuevos padecimientos, de tratamientos con éxito hasta la inesperada caída final.

Qué extraño es tener experiencia en acompañar en la muerte. Qué útil para comenzar a hacer el duelo en paz y quizá ayudar al resto de mi familia a afrontarlo, de alguna manera, aunque el duelo es algo tan personal y único que cada uno hace este viaje con sus alforjas.

Qué poco se merecía una persona tan buena como mi madre, tan noble, tan íntegra, tan discreta y contenida, tan fuerte y tan sensible al mismo tiempo, tan generosa y tan entregada, esos dos últimos años de sufrimiento .

Y que ejemplo de lucha, de superación, de voluntad férrea. Nunca queriendo cargar a los demás con su cruz. Supimos disfrutar juntos, como familia el tiempo que tuvimos y eso es lo importante, porque el tiempo nunca regresa.

Me pareció particularmente cruel que la muerte le robase la voz. Pero llevó una vida tan recta que sinceramente creo que lo dejó todo dicho. Sus últimas palabras no fueron para ella, se murió como había vivido, siempre pensando en los demás y no en sí misma:

 “Cuidad del abuelo”.

Una vez frente a la muerte, que es incontestable, sólo cabe la aceptación.  Antes o después hay que asumirlo: La persona amada no está aquí físicamente y no hay nada que pueda traerla de vuelta.

Es momento de aprender a integrar su presencia no física en nuestra vida. El amor no muere con la muerte. Traspasa hasta esa última frontera. Por eso sé que no se van. Simplemente los dejamos de ver, pero no de sentir,

Yo siento que mi madre está conmigo. Es como si su fuerza y su sabiduría se hubieran instalado en mí.

Eso me ayuda a sobrellevar el vacío inmenso que deja una madre cuando es MADRE con mayúsculas, como lo era la mía. Mi madre era hogar, firmeza, seguridad, amor silente, constancia, contención. Ya no tengo ese muelle donde atracar en la tormenta ni su abrazo prieto al llegar a casa. Se apagaron los fogones de la cocina, se fue el sabor de sus platos, se quedaron sin coser todos los rotos de mi ropa y de mi corazón. Es devastador.

Pero al pasar estos meses, he sentido que yo estoy aprendiendo a ser hogar también para mí, a abrazar y calmar esa niña que se ha quedado huérfana de madre. Al igual que he recibido tantos regalos de Olivia, creo que ese es el de mi madre. Vive dentro de mí y así me permite seguir siendo niña y saber que estoy amparada, ahora por mi misma con el legado de su sabiduría.

Al volver a deslizar los dedos por estas teclas, resignifico la muerte de mi madre y todo se coloca en su lugar, porque este blog siempre ha sido un espacio mágico y balsámico donde hemos aprendido a convertir la ausencia en presencia para quedarnos siempre del lado de la luz.

Contigo, siempre, mama. Siempre en mí. Vuela alto junto a la estrella más brillante.

Ahora estás con mi Olivia.

 

 

 

 

1 comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *