Personas con Luz

imagen de Zara Walker

Para Luis y Laura

Yo no te he conocido, Rodrigo, no en esta fase de la vida que comparten los seres que respiran.
No he podido contemplar esa belleza angelical que describe tu padre, no he podido disfrutar de tu bondad y tu candor, claro es que compartías más que apariencia con las criaturas aladas.
Cuando tu hermanito pequeño estaba por nacer, te enfermaste gravemente.

A veces la vida se trunca cuando alcanzamos una cota inesperada de felicidad. De súbito, en la dulce calidez de la plenitud, se levanta un viento helado que presagia el más aciago de los destinos.
De pronto una percepción, “Qué pálido estás , hijo” inicia un camino de especialistas y hospitales, que llevó hasta el fin último.

Y sin embargo, cuánta vida hay más allá. La muerte no nos arrebata el amor, sólo la presencia física de quien amamos. Y los padres en duelo nos vemos con las manos vacías y el corazón lleno, sin saber muy bien qué hacer con todo ese amor que se queda sin objeto.
Una vez más, la hermosa frase de Saint-Exupery: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Que no les veamos, no quiere decir que no estén. En el largo trabajo del duelo, vamos aprendiendo a tejer una maternidad, una paternidad, de polvo de estrellas, de jirones de nube, de gotas de arroyos cantarines, de briznas de hierba fresca, de notas de música que llegan como un regalo inequívoco, de libros que caen mágicamente en tus manos, de rayos de luz que tenazmente te iluminan en momentos trascendentales.
Una paternidad, una maternidad, donde vamos convirtiendo la ausencia en presencia, donde vamos transformando ese inmenso dolor en amor.

Yo no te conocí, Rodrigo, pero te veo a través de los verdes ojos dolientes de tu padre. Un hombre bueno a quien no dudo que Olivia, desde su telar en el infinito, ha hecho cruzarse conmigo manejando inteligentemente sus hebras.
Me puedo inspirar cada día en una familia que apuesta por la vida aún cuando su hijo mayor de tiernos siete años murió.
Una familia cuyo tercer hijo nació estando Rodrigo enfermo. Y ese parto se complicó, con grave riesgo para la madre y el bebé. Durante un tiempo, estos padres increíbles, se repartían las horas de amor y dolor entre dos plantas diferentes del hospital atendiendo y acompañando a ambos hijos, uno recién llegado a la vida, otro que pronto iba a partir.

Su historia me ha impresionado hondamente, ¿a quién no? No alcanzo a imaginar lo que experimenta una madre que, después de un parto muy complicado, tiene rehacerse sin pensar en sí misma ni un segundo para estar junto a sus hijos, todos ellos, un bebé recién nacido ingresado, un mediano inmerso en la grave situación familiar y un mayor que luchaba como ganador contra la leucemia sin saber que una infección cambiaría injustamente, a traición, el resultado de la pelea.
No puedo imaginar a ese padre, haciendo lo imposible por mantener en pie a la familia, por ser base segura y tegumento, por mostrar y dar a los demás una fuerza de la que carecía, sin tampoco poder pensar por un segundo en sí mismo.

En las situaciones límite, a algunas personas les aflora un yo superior. Algo más grande que nosotros toma el control. NO hay lugar para los miedos, las histerias o los egoísmos. Sólo queda estar, ESTAR con mayusculas, sin evasión posible y sin anestesia.

Yo creo que las grandes almas sabias de nuestros hijos saben elegir a sus familias. Conocedores de que vienen a cumplir quizá su último ciclo de aprendizaje en la tierra y que por tanto su existencia en ella será muy breve, escogen cuidadosamente una familia donde el amor sea más grande que el dolor que inevitablemente tendrán que transitar.

Vienen a familias que harán prevalecer la luz que ellos dejan por encima de los demás sentimientos que el duelo genera.

Nadie podría juzgar a los padres de Rodrigo si de pronto se apartasen del mundo, levantasen un muro y no quisieran volver a compartir sonrisas con nadie más. Creo que todos entenderíamos que ver a morir a tu hijo puede provocar tanta rabia y resentimiento contra el mundo que puede secarte el corazón y amargarte la sangre.

Por el contrario, yo he encontrado un padre, un compañero que tiene siempre una palabra amable, que es considerado, generoso, trabajador, que comparte cuanto hace, que regala interés, que está dispuesto a reir cuando face falta (los padres en duelo lo necesitamos más que nadie). Esa es la magia del camino transformacional del duelo.

Yo no te he conocido, Rodrigo, pero te conozco cada día a través de tu padre y sé que el halo que le rodea viene de ti, pequeño ángel rubito.
Que tu luz nos ilumine siempre.

Imagen de Zara Walker

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